Sello episcopal de Garland F. Byers, Jr.: una cruz de oro que irradia luz; la Santa Biblia, de la que salen relámpagos que se enroscan en torno a un dragón enroscado alrededor del globo; nubes de tormenta y aguas embravecidas; un campo azul dentro de una orla de oro que lleva la inscripción Garland F. Byers, Jr., Episcopus, y el lema Euntes in Mundum Universum

El Sello Episcopal

El ReverendísimoGarland F. Byers, Jr., J.D., D.D.

Obispo para las Naciones, bajo Comisión Apostólica


El sello es la marca personal del Obispo. Se estampa en sus cartas, sus escritos y sus documentos, y encabeza este ministerio del Evangelio a través de la palabra escrita.

Desde hace mucho tiempo, un sello propio ha pertenecido al oficio de obispo. Desde los primeros siglos, los cristianos sellaban con anillos de sello que llevaban emblemas cristianos; Clemente de Alejandría, que escribía hacia el año 200 d. C., aconsejaba a los creyentes que sus sellos llevaran “una paloma, o un pez, o una nave que corre impulsada por el viento, o una lira musical … o el ancla de una nave”.1 Hacia el siglo XII era costumbre establecida entre los obispos de toda la Iglesia llevar un sello propio.2 Un sello así muestra en imágenes las cosas más importantes para el obispo, y las trae a la memoria a lo largo de todo su ministerio.

Así sucede con este sello. Cada elemento que hay en él encierra un significado personal para el Obispo en su propio llamamiento a Cristo. Hay una historia detrás de él; esa historia no se cuenta aquí, pero el Obispo la conoce y es suya. A continuación se expone el significado de cada elemento, con las Escrituras en que se funda.

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La cruz de oro

En el centro del sello se alza la cruz de Jesucristo. Fue allí donde Él triunfó sobre la muerte y ganó la vida eterna para todos los que creen en Él. Por Su pasión, crucifixión, muerte y resurrección, pagó la deuda del pecado que se debía a Dios desde la caída del hombre en el Huerto del Edén.

“Así como el pecado entró en el mundo por un hombre, y por el pecado la muerte, y la muerte así pasó á todos los hombres, pues que todos pecaron.”Romanos 5:12
“El cual mismo llevó nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero, para que nosotros siendo muertos á los pecados, vivamos á la justicia: por la herida del cual habéis sido sanados.”1 Pedro 2:24

La cruz es la señal de esa victoria. En ella Cristo rayó “la cédula de los ritos que nos era contraria, … enclavándola en la cruz; Y despojando los principados y las potestades, sacólos á la vergüenza en público, triunfando de ellos en sí mismo” (Colosenses 2:14–15). La promesa de la cruz es la vida sin fin: “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado á su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna” (Juan 3:16).

La cruz declara también que quienes creen en Él ya han ganado esa victoria:

“¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón? ¿dónde, oh sepulcro, tu victoria? … Mas á Dios gracias, que nos da la victoria por el Señor nuestro Jesucristo.”1 Corintios 15:55, 57

Reinarán con Él para siempre en Su reino: “Si sufrimos, también reinaremos con él” (2 Timoteo 2:12), y “reinarán para siempre jamás” (Apocalipsis 22:5).

La cruz es de oro para mostrar que purifica al cristiano. La sangre de Jesús es como fuego purificador: “la sangre de Jesucristo su Hijo nos limpia de todo pecado” (1 Juan 1:7). Como el oro se purifica en el fuego, así el cristiano es purificado de todo pecado. Del Señor está escrito que “él es como fuego purificador, … Y sentarse ha para afinar y limpiar la plata: porque limpiará los hijos de Leví, los afinará como á oro y como á plata” (Malaquías 3:2–3).

En ocasiones los cristianos enfrentan pruebas y tribulaciones. Estas han de verse como oro que se prueba en el fuego, para que quienes permanecen fieles a la cruz tengan vida eterna:

“En lo cual vosotros os alegráis, estando al presente un poco de tiempo afligidos en diversas tentaciones, si es necesario, Para que la prueba de vuestra fe, mucho más preciosa que el oro, el cual perece, bien que sea probado con fuego, sea hallada en alabanza, gloria y honra, cuando Jesucristo fuera manifestado.”1 Pedro 1:6–7
“Mas él conoció mi camino: probaráme, y saldré como oro.”Job 23:10

El Señor mismo aconseja: “Yo te amonesto que de mí compres oro afinado en fuego, para que seas hecho rico” (Apocalipsis 3:18). A los fieles les promete: “Sé fiel hasta la muerte, y yo te daré la corona de la vida” (Apocalipsis 2:10).


Los rayos de luz

Los rayos de luz que resplandecen detrás de la cruz significan que la cruz es la luz del mundo. El Señor dijo: “Yo soy la luz del mundo: el que me sigue, no andará en tinieblas, mas tendrá la lumbre de la vida” (Juan 8:12).

Los rayos significan también que quienes siguen a Cristo son hijos de luz. “Entre tanto que tenéis la luz, creed en la luz, para que seáis hijos de luz” (Juan 12:36). “Todos vosotros sois hijos de luz, é hijos del día; no somos de la noche, ni de las tinieblas” (1 Tesalonicenses 5:5). “Porque en otro tiempo erais tinieblas; mas ahora sois luz en el Señor: andad como hijos de luz” (Efesios 5:8).

Los cristianos han de ser una lámpara para el mundo, cada uno un rayo de esa luz:

“Vosotros sois la luz del mundo: una ciudad asentada sobre un monte no se puede esconder. Ni se enciende una lámpara y se pone debajo de un almud, mas sobre el candelero, y alumbra á todos los que están en casa. Así alumbre vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras obras buenas, y glorifiquen á vuestro Padre que está en los cielos.”Mateo 5:14–16

Lo hacen al recibir la presencia del Espíritu Santo y dejar que el Espíritu que está en ellos resplandezca a través de sus vidas. La luz de la verdad resplandece entonces desde sus vidas, y esas vidas se convierten en un sacrificio vivo: “Así que, hermanos, os ruego por las misericordias de Dios, que presentéis vuestros cuerpos en sacrificio vivo, santo, agradable á Dios, que es vuestro racional culto” (Romanos 12:1). Así los demás podrán mirar a los cristianos y ver que son diferentes, “irreprensibles y sencillos, hijos de Dios sin culpa en medio de la nación maligna y perversa, entre los cuales resplandecéis como luminares en el mundo” (Filipenses 2:15). Los cristianos son la luz del mundo porque siguen a la Luz del mundo, el mismo hombre Jesús, que es el Cristo.


La Santa Biblia

La Santa Biblia es la regla y guía de la fe, la palabra inerrante de Dios:

“Toda Escritura es inspirada divinamente y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instituir en justicia, Para que el hombre de Dios sea perfecto, enteramente instruído para toda buena obra.”2 Timoteo 3:16–17

Ha sido dada al cristiano para que la use como espada, “la espada del Espíritu; que es la palabra de Dios” (Efesios 6:17):

“Porque la palabra de Dios es viva y eficaz, y más penetrante que toda espada de dos filos: y que alcanza hasta partir el alma, y aun el espíritu, y las coyunturas y tuétanos, y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón.”Hebreos 4:12

Así la empuñó el Señor mismo. Cuando Jesús fue llevado al desierto “para ser tentado del diablo”, respondió a cada tentación con la palabra escrita:

Entonces el diablo lo dejó (Mateo 4:11).

La Santa Biblia es la norma por la cual el cristiano vive su vida: “Lámpara es á mis pies tu palabra, y lumbrera á mi camino” (Salmos 119:105); “tu palabra es verdad” (Juan 17:17). Permanece para siempre: “Para siempre, oh Jehová, permanece tu palabra en los cielos” (Salmos 119:89); “El cielo y la tierra pasarán, mas mis palabras no pasarán” (Mateo 24:35).

Registra para todos los tiempos cómo el creyente puede obtener la vida eterna: “Estas empero son escritas, para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios; y para que creyendo, tengáis vida en su nombre” (Juan 20:31). Y glorifica a Dios y a Su Hijo unigénito, nuestro Señor y Salvador Jesucristo: “Escudriñad las Escrituras, porque á vosotros os parece que en ellas tenéis la vida eterna; y ellas son las que dan testimonio de mí” (Juan 5:39).


Los relámpagos

Los haces de luz que salen de la Santa Biblia y se enroscan en torno al dragón y al mundo son relámpagos. Proceden de la palabra de Dios y hieren al dragón. La palabra de Dios es la fuerza más poderosa del universo: “¿No es mi palabra como el fuego, dice Jehová, y como martillo que quebranta la piedra?” (Jeremías 23:29). Las Escrituras hablan de los relámpagos del Señor que salen contra Sus enemigos: “echó relámpagos, y los destruyó” (Salmos 18:14); “Despide relámpagos, y disípalos; envía tus saetas, y contúrbalos” (Salmos 144:6).

Cuando el cristiano pronuncia la palabra de Dios, esta resulta dolorosa para el enemigo y lo hiere como un relámpago. Cuando los setenta volvieron regocijándose porque “aun los demonios se nos sujetan en tu nombre”, el Señor respondió:

“Yo veía á Satanás, como un rayo, que caía del cielo. He aquí os doy potestad de hollar sobre las serpientes y sobre los escorpiones, y sobre toda fuerza del enemigo, y nada os dañará.”Lucas 10:18–19

Los relámpagos hieren al dragón mismo, “la serpiente antigua, que se llama Diablo y Satanás, el cual engaña á todo el mundo” (Apocalipsis 12:9), y hieren a quienes lo siguen. Hieren en el ámbito espiritual, “porque no tenemos lucha contra sangre y carne; sino contra principados, contra potestades, contra señores del mundo, gobernadores de estas tinieblas, contra malicias espirituales en los aires” (Efesios 6:12), y en todo el mundo donde él obra. Así los santos “le han vencido por la sangre del Cordero, y por la palabra de su testimonio” (Apocalipsis 12:11), y así se promete a todo creyente: “resistid al diablo, y de vosotros huirá” (Santiago 4:7).


El dragón

El dragón simboliza a Satanás, a quien la Escritura llama a menudo el dragón: “Y prendió al dragón, aquella serpiente antigua, que es el Diablo y Satanás” (Apocalipsis 20:2).

Está enroscado alrededor del mundo porque la Escritura registra que él es el dios de este mundo: “el dios de este siglo cegó los entendimientos de los incrédulos, para que no les resplandezca la lumbre del evangelio de la gloria de Cristo, el cual es la imagen de Dios” (2 Corintios 4:4). El Señor lo llamó “el príncipe de este mundo” (Juan 12:31), y el Apóstol Juan escribió que “todo el mundo está puesto en maldad” (1 Juan 5:19). Tiene asido este mundo caído mucho más de lo que el cristiano sabe o comprende. Desde la caída en el Huerto del Edén, su influencia maligna ha alcanzado todo cuanto el cristiano encuentra día tras día. Es el “príncipe de la potestad del aire, el espíritu que ahora obra en los hijos de desobediencia” (Efesios 2:2), y “vuestro adversario el diablo, cual león rugiente, anda alrededor buscando á quien devore” (1 Pedro 5:8).

El dragón se yergue hacia la cruz para mostrar el abierto desafío del diablo a la palabra de Dios. Muestra su rechazo de Dios, de Su Cristo y de todas las cosas santas, y su manifiesta intención de oponerse a todo lo que Dios ha puesto en marcha desde el principio de los tiempos. Sobre todo, muestra su intención de destruir a la humanidad, hecha a imagen y semejanza de Dios: “Y crió Dios al hombre á su imagen, á imagen de Dios lo crió; varón y hembra los crió” (Génesis 1:27). De él dijo el Señor: “Él, homicida ha sido desde el principio, y no permaneció en la verdad, porque no hay verdad en él” (Juan 8:44). “El dragón fué airado contra la mujer; y se fué á hacer guerra contra los otros de la simiente de ella, los cuales guardan los mandamientos de Dios, y tienen el testimonio de Jesucristo” (Apocalipsis 12:17).

Persiste en ese desafío, con su hueste apóstata y con la gente malvada del mundo que lo sigue, hasta que sea lanzado al lago de fuego, junto con todos sus seguidores, como lo registra el libro del Apocalipsis:

“Y el diablo que los engañaba, fué lanzado en el lago de fuego y azufre, donde está la bestia y el falso profeta; y serán atormentados día y noche para siempre jamás.”Apocalipsis 20:10
“Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno preparado para el diablo y para sus ángeles.”Mateo 25:41

El globo

El globo tiene su propio significado, aparte del dragón enroscado a su alrededor. Es la tierra, creación de Dios. Cuando Dios hubo terminado Su obra, “vió Dios todo lo que había hecho, y he aquí que era bueno en gran manera” (Génesis 1:31).

La tierra fue dada al hombre por mandato divino:

“Y los bendijo Dios; y díjoles Dios: Fructificad y multiplicad, y henchid la tierra, y sojuzgadla, y señoread en los peces de la mar, y en las aves de los cielos, y en todas las bestias que se mueven sobre la tierra.”Génesis 1:28
“Los cielos son los cielos de Jehová: y ha dado la tierra á los hijos de los hombres.”Salmos 115:16

El hombre perdió ese dominio cuando desobedeció a Dios en el Huerto del Edén y comió del fruto prohibido: “maldita será la tierra por amor de ti” (Génesis 3:17).

Cristo manda a Sus seguidores que le obedezcan: “Si me amáis, guardad mis mandamientos” (Juan 14:15). Envió a Sus apóstoles a todas las naciones:

“Por tanto, id, y doctrinad á todos los Gentiles, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo: Enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado.”Mateo 28:19–20

Los envió para que este mundo fuera redimido y puesto de nuevo en recta relación con Dios, y el hombre ejerciera dominio sobre la tierra como Dios lo dispuso en un principio. Pues “también las mismas criaturas serán libradas de la servidumbre de corrupción en la libertad gloriosa de los hijos de Dios” (Romanos 8:21).

El Padrenuestro habla de esto: “Venga tu reino. Sea hecha tu voluntad, como en el cielo, así también en la tierra” (Mateo 6:10). En estas palabras Jesús mismo declara que la voluntad de Dios es que la tierra sea restaurada al orden que Él dispuso en un principio. Su restauración significa que el diablo, Satanás, ha sido derrotado por la palabra de Dios y por el sacrificio de nuestro Señor y Salvador Jesucristo. Entonces “los reinos del mundo han venido á ser los reinos de nuestro Señor, y de su Cristo: y reinará para siempre jamás” (Apocalipsis 11:15). Los redimidos dirán: “y reinaremos sobre la tierra” (Apocalipsis 5:10).

Este símbolo del sello recuerda a todo cristiano el deber de hacer manifiesto el reino de Dios en la tierra. Jesús predicaba: “Arrepentíos, que el reino de los cielos se ha acercado” (Mateo 4:17), y envió a Sus discípulos a decir: “Se ha llegado á vosotros el reino de Dios” (Lucas 10:9). Donde Jesús está presente, el reino está presente. Así será en el día de Su triunfo sobre el dragón, cuando el hombre ejerza de nuevo dominio sobre la tierra como Dios lo dispuso en un principio.


Las nubes de tormenta y las aguas embravecidas

Las nubes de tormenta representan el viento, que aquí es el Espíritu Santo. El Señor mismo comparó al Espíritu con el viento: “El viento de donde quiere sopla, y oyes su sonido; mas ni sabes de dónde viene, ni á dónde vaya: así es todo aquel que es nacido del Espíritu” (Juan 3:8). En Pentecostés el Espíritu vino “como de un viento recio que corría” (Hechos 2:2). En el principio, “el Espíritu de Dios se movía sobre la haz de las aguas” (Génesis 1:2).

Cuando el cristiano usa la palabra de Dios y los relámpagos hieren a la serpiente y a sus seguidores en el espíritu, el Espíritu Santo se mueve como un viento santo y una tempestad. Ese movimiento sacude las mismas aguas de la tierra, pues “Voz de Jehová sobre las aguas: hizo tronar el Dios de gloria: Jehová sobre las muchas aguas” (Salmos 29:3). Toda la tierra es afectada por la fe del creyente en la palabra de Dios y por el uso que hace de ella como espada. Cuando se usa rectamente, el Espíritu Santo se mueve en gloria, poder y dominio. Así sucedió con la Iglesia primitiva: “Y como hubieron orado, el lugar en que estaban congregados tembló; y todos fueron llenos del Espíritu Santo, y hablaron la palabra de Dios con confianza” (Hechos 4:31).

Las nubes de tormenta y las aguas embravecidas responden al cristiano: a su uso de la palabra de Dios, y a su invocación del Espíritu Santo en la fe en Jesucristo, nuestro Señor y Salvador. El Señor mismo “increpó al viento, y dijo á la mar: Calla, enmudece. Y cesó el viento, y fué hecha grande bonanza”, y Sus discípulos decían: “¿Quién es éste, que aun el viento y la mar le obedecen?” (Marcos 4:39, 41). Él prometió la misma autoridad a los que creen:

“Porque de cierto os digo que cualquiera que dijere á este monte: Quítate, y échate en la mar, y no dudare en su corazón, mas creyere que será hecho lo que dice, lo que dijere le será hecho.”Marcos 11:23

Así, aunque se dice que el mundo yace bajo el dominio del diablo, la palabra de Dios triunfa. Da al cristiano autoridad sobre lo que el hombre cedió a Satanás en la caída en el Huerto del Edén. Por la palabra de Dios, por la preciosa sangre y el sacrificio de Jesucristo, y por Su autoridad, el creyente es restituido al lugar que legítimamente le corresponde. Cuando pronuncia la divina palabra de la Escritura, la tierra misma responde, y el Espíritu Santo es el medio de esa respuesta. El Espíritu da poder a la oración del cristiano: “el mismo Espíritu pide por nosotros con gemidos indecibles” (Romanos 8:26). El Espíritu da poder también a sus mandatos en el Espíritu, aun sobre lo que se había perdido, tan grande es la gloria de Jesucristo, nuestro Señor y Salvador: “Si algo pidiereis en mi nombre, yo lo haré” (Juan 14:14).

La Escritura registra las propias palabras del Señor: “Toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra” (Mateo 28:18). Quienes creen en Cristo obtienen acceso a ese poder por la preciosa sangre del Cordero y por su fe en Él.


Los colores: el campo azul y la orla de oro

El campo azul es el cielo. Desde el principio, el hombre ha alzado la mirada al cielo cuando habla con Dios: “A ti que habitas en los cielos, alcé mis ojos” (Salmos 123:1). El Señor enseñó a Sus discípulos a orar: “Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre” (Mateo 6:9).

El azul representa las regiones celestiales en las que el cristiano entra en oración y súplica. Es el lugar del trono de Dios: “Jehová dijo así: El cielo es mi solio, y la tierra estrado de mis pies” (Isaías 66:1). Ese trono es invisible e incognoscible para el cristiano; sin embargo, él mira hacia él con fe por medio de Cristo Jesús, “porque por fe andamos, no por vista” (2 Corintios 5:7). Se llega “confiadamente al trono de la gracia, para alcanzar misericordia, y hallar gracia para el oportuno socorro” (Hebreos 4:16).

“Las cosas secretas pertenecen á Jehová nuestro Dios: mas las reveladas son para nosotros y para nuestros hijos por siempre” (Deuteronomio 29:29). Al hombre se le da conocimiento suficiente para asegurar su salvación. Este viene por la palabra escrita de la Santa Biblia, las “Sagradas Escrituras, las cuales te pueden hacer sabio para la salud por la fe que es en Cristo Jesús” (2 Timoteo 3:15). Viene también por la instrucción, la enseñanza y el ejemplo de nuestro Señor y Salvador Jesucristo.

Cuando el cristiano eleva su corazón en oración, este asciende al cielo, al azul que representa las regiones celestiales: “Levantemos nuestros corazones con las manos a Dios en los cielos” (Lamentaciones 3:41). “Sea enderezada mi oración delante de ti como un perfume, el don de mis manos como la ofrenda de la tarde” (Salmos 141:2). “Y el humo del incienso subió de la mano del ángel delante de Dios, con las oraciones de los santos” (Apocalipsis 8:4).

La orla de oro habla de la purificación del cristiano, como se expuso más arriba a propósito de la cruz de oro. La fe en Jesucristo y en el poder de Su sangre es un fuego purificador que refina a la persona, como el oro se refina en el fuego. “Y meteré en el fuego la tercera parte, y los fundiré como se funde la plata, y probarélos como se prueba el oro. El invocará mi nombre, y yo le oiré” (Zacarías 13:9). Aquí el oro representa al cristiano refinado, que cree plenamente y confía en Jesucristo, “REY DE REYES Y SEÑOR DE SEÑORES” (Apocalipsis 19:16).


La inscripción

Alrededor de la orla corre la inscripción “GARLAND F. BYERS, JR. ✠ EPISCOPUS”. El nombre señala el sello como propio del Obispo. Episcopus es la palabra latina para obispo. Proviene del griego episkopos, “supervisor”, la palabra que usó San Pablo cuando exhortó a los ancianos de Éfeso:

“Por tanto mirad por vosotros, y por todo el rebaño en que el Espíritu Santo os ha puesto por obispos, para apacentar la iglesia del Señor, la cual ganó por su sangre.”Hechos 20:28

Juntos, el nombre y el título significan que el Obispo toma parte en la guerra espiritual que se libra cada día: “Porque las armas de nuestra milicia no son carnales, sino poderosas en Dios para la destrucción de fortalezas” (2 Corintios 10:4). Es miembro del gobierno de Dios, consagrado al oficio de obispo, y tiene el encargo de proclamar la verdadera doctrina y de no permanecer en silencio. Porque “es menester que el obispo sea sin crimen, como dispensador de Dios; … Retenedor de la fiel palabra que es conforme á la doctrina: para que también pueda exhortar con sana doctrina, y convencer á los que contradijeren” (Tito 1:7, 9).

Permanecer en silencio le sería contado por pecado: “El pecado, pues, está en aquel que sabe hacer lo bueno, y no lo hace” (Santiago 4:17). El Señor advirtió acerca del atalaya que ve venir la espada y no toca la trompeta: “demandaré su sangre de mano del atalaya” (Ezequiel 33:6). San Pablo dijo: “¡ay de mí si no anunciare el evangelio!” (1 Corintios 9:16).

La inscripción recuerda la parábola de los talentos (Mateo 25:14–30). Un señor entregó sus bienes a sus siervos antes de un viaje, y dos de ellos negociaron y duplicaron lo que se les había dado. A cada uno el señor le dijo: “Bien, buen siervo y fiel; sobre poco has sido fiel, sobre mucho te pondré: entra en el gozo de tu señor” (Mateo 25:21). El tercero escondió su talento en la tierra, y el señor le respondió: “Malo y negligente siervo” (Mateo 25:26). La parábola recuerda al Obispo su solemne obligación:

El Obispo no sabe por qué fue llamado. Solo sabe que fue llamado, y ese solo hecho lo inviste de autoridad y responsabilidad. “No me elegisteis vosotros á mí, mas yo os elegí á vosotros; y os he puesto para que vayáis y llevéis fruto, y vuestro fruto permanezca” (Juan 15:16). “Porque sin arrepentimiento son las mercedes y la vocación de Dios” (Romanos 11:29). A quienes mucho se les da, mucho se les pide: “porque á cualquiera que fué dado mucho, mucho será vuelto á demandar de él” (Lucas 12:48).

Las pequeñas cruces que acompañan al nombre del Obispo y a la palabra Episcopus significan que es un obispo de la cruz, un obispo en la Iglesia de nuestro Señor y Salvador Jesucristo. Muestran cómo tanto su nombre como su oficio se sitúan en relación con Cristo. “Mas lejos esté de mí gloriarme, sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por el cual el mundo me es crucificado á mí, y yo al mundo” (Gálatas 6:14). El Obispo debe lealtad a Cristo, y a Dios, por encima de todas las cosas. Las cruces representan esa obediencia, que se debe solo a Dios:

“Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese á sí mismo, y tome su cruz cada día, y sígame.”Lucas 9:23
“Ninguno puede servir á dos señores.”Mateo 6:24
“Es menester obedecer á Dios antes que á los hombres.”Hechos 5:29

El lema

El lema Euntes in Mundum Universum, “Yendo por todo el mundo”, está inscrito en el oro del sello. Está en oro porque el Obispo, debidamente consagrado, ha sido refinado por el fuego del Espíritu Santo y ha recibido las órdenes sagradas. Esas órdenes lo invisten ahora de una responsabilidad de propagar el evangelio mucho más grave que la que llevaba antes. Ese fuego se enciende de nuevo con cada acto sacramental que realiza. Como escribió San Pablo a Timoteo: “te aconsejo que despiertes el don de Dios, que está en ti por la imposición de mis manos” (2 Timoteo 1:6).

Las palabras son el mandato de los apóstoles y de sus sucesores, los obispos. Son el mandamiento mismo de Cristo:

“Id por todo el mundo; predicad el evangelio á toda criatura.”Marcos 16:15

La palabra de Dios y el evangelio de Jesucristo han de ser predicados y puestos al alcance de todas las naciones del mundo: “Y será predicado este evangelio del reino en todo el mundo, por testimonio á todos los Gentiles” (Mateo 24:14). Por esto se da al Obispo el título de Obispo para las Naciones. El mandato de Cristo en Marcos 16:15 exige a todo aquel que es llamado a Su servicio ir por todo el mundo y predicar el evangelio a toda criatura.

En épocas pasadas esto significaba estar presente físicamente: viajar, salir y difundir la palabra de Dios. En la época presente significa también, para el Obispo, escribir y publicar la palabra de Dios y la verdadera doctrina, y ponerla a disposición en la World Wide Web, para que todas las naciones la lean si así lo desean. “Escribe la visión, y declárala en tablas, para que corra el que leyere en ella” (Habacuc 2:2). “¿Y cómo oirán sin haber quien les predique?” (Romanos 10:14).

Aceptar la palabra de Dios y a Jesucristo es una decisión personal, y no ha de imponerse a nadie. “Escogeos hoy á quién sirváis” (Josué 24:15). “Y el que quiere, tome del agua de la vida de balde” (Apocalipsis 22:17). El Señor dice: “El que es injusto, sea injusto todavía: y el que es sucio, ensúciese todavía: y el que es justo, sea todavía justificado: y el santo sea santificado todavía” (Apocalipsis 22:11).

Es la obra y la función del Obispo exponer la palabra de Dios y el evangelio de Jesucristo ante creyentes y no creyentes por igual. En el creyente, la fe puede ser reavivada, reforzada y afianzada, como el Señor encargó a Pedro: “y tú, una vez vuelto, confirma á tus hermanos” (Lucas 22:32). Al no creyente puede llevarlo a la fe en Jesucristo, el Señor y Rey, “luego la fe es por el oir; y el oir por la palabra de Dios” (Romanos 10:17).


Notas

1Clemente de Alejandría, El Pedagogo, lib. 3, cap. 11.

2Encyclopædia Britannica, s.v. “sigillography”.

Sello episcopal de Garland F. Byers, Jr.: una cruz de oro que irradia luz; la Santa Biblia, de la que salen relámpagos que se enroscan en torno a un dragón enroscado alrededor del globo; nubes de tormenta y aguas embravecidas; un campo azul dentro de una orla de oro que lleva la inscripción Garland F. Byers, Jr., Episcopus, y el lema Euntes in Mundum Universum

Euntes in Mundum Universum: “Id por todo el mundo” (Marcos 16:15, RVA 1909).